martes 26.05.2020
Crónica

Pensamientos de cuarentena

La ventana del baño, la conexión con el exterior en la cuarentena. Foto: Delia Vargas
La ventana del baño, la conexión con el exterior en la cuarentena. Foto: Delia Vargas

Vecinos en los balcones durante el confinamiento

Vecinos asomados a las ventanas durante el confinamiento por el coronavirus. Foto: Delia Vargas

Sed de vecinos (25-03-2020)

Ya he mirado a través de todas las ventanas de mi apartamento. Un impulso irracional me lleva hasta ellas cuando voy a la cocina a picar algo o cuando hago un descanso en mis estudios. Mi preferida es la del baño, aunque sea la más pequeña. Su forma es cuadrada y parece el marco que adorna un cuadro andaluz: fachada blanca y ventanas llenas de plantas y de bayetas amarillas esperando a secarse. Ceniceros, para los que fuman y tuppers descongelándose, para los estudiantes. Si algo nos caracteriza en el sur son las ventanas multiuso. Bueno, y también las máquinas de aire acondicionado oxidadas y chamuscadas.

Si acabo el tour de las ventanas y mi cuerpo aún demanda más mimos, subo un rato a la terraza. Ahí arriba se está mejor que nunca. Tengo cogida la esquina perfecta para reflexionar: al lado, las fresas que cultiva el vecino del tercer piso, al frente, las bragas de la del segundo y arriba, el sol. La misma esquina de la reflexión es también la de los aplausos, a las ocho, pero sin libros y sin silencios. Salimos ordenadamente, cada uno en su canto y, apoyados en el muro, saludamos con brío a los vecinos del bloque de en frente. Curioso, ¿no? Antes no conocíamos ni a los que vivían en la misma planta y ahora nos hace ilusión saludar a los de otro edificio. Qué sed de vecinos.

Fresas cultivadas en la terraza_confinamiento

Fresas cultivadas en la terraza del edificio. Foto: Delia Vargas

De repente, se escuchan los pájaros (02-04-2020)

El confinamiento tiene ruidos; de repente, se escuchan los pájaros, los árboles silban con más libertad que nunca y la televisión del vecino retumba en las paredes de nuestro salón. El confinamiento tiene colores; el azul del cielo a través de la ventana, los blancos, beiges, rosas palo o verdes que decoran los balcones y el pajizo brillante del vino. Tiene silencios; esos que rara vez nos permitimos en nuestro día a día pero que son igual de necesarios que una conversación.

También tiene lecciones; somos humanos. Aunque intentemos garantizar nuestra inmortalidad dejando huellas en el mundo (contaminación y basura, entre otras), somos organismos finitos entre millones de otras especies. La naturaleza, las plantas y los animales existen hace millones de años antes de que nosotros entrásemos en escena. Parecía que habíamos olvidado lo vulnerables que somos y nuestra propia condición como especie. La fama y el protagonismo nos ha dejado ciegos.

Para respirar tranquilidad (10-04-2020)

De ocho a ocho y media en punta. Estudiamos hasta las diez. De diez a once, desayuno y noticias. Desde las once hasta la una, vuelta al estudio. A la una es la hora del deporte — un día yoga y otro día cardio —, la profesora de yoga tiene contrato fijo, pero en cardio nos permitimos tener varios profesores al mismo tiempo. A las dos cocinamos y a las tres almorzamos con las noticias de fondo. Hasta las cinco tenemos hora libre. Está permitido: echarse la siesta, leer, ver series o tocar la guitarra. Si una de las dos se decanta por siesta, la opción de guitarra queda anulada temporalmente. Luego, a estudiar hasta las ocho menos cinco, porque a las ocho ya sabéis dónde estoy. Media hora de tertulia con el vecindario y vuelta a casa. Para acabar el día, cena, noticias y el correspondiente capítulo de la serie de turno. Ya hemos acabado la Casa de Papel, Kalifat y la Línea Invisible. Vamos por la cuarta, Unortodox.

Se respira tranquilidad y satisfacción cuando cumplimos nuestro horario y nuestras metas diarias. Hasta le he cogido cariño a la rutina del confinamiento. Pero lo que le da algún sentido a nuestros días en casa son esos momentos que nos rompen todos los planes y le restan importancia a la agenda. Esos momentos en los que nos dedicamos a ser más humanos y menos máquinas de producción.

Una llamada inesperada de alguien con quien tenía mil conversaciones pendientes, quedarme embobada en el sofá con los videos que mandan en el grupo de la familia, una mañana de maratón de cine acompañada de choco kispis o descubrir nuevas manías de mi compañera de piso. Aunque esté entre cuatro paredes, lo único que necesito para respirar tranquilidad es caos, adrenalina, drama, amor y tensión.

Ropa tendidaRopa tendida. Foto: Delia Vargas

 

 

 

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