sábado 14.12.2019
V CENTENARIO DE LA I VUELTA AL MUNDO

La vida a bordo, contada por Pigafetta en el V centenario de la I Vuelta al Mundo

Magallanes y Elcano iniciaron una expedición que tendría gran calado histórico al término del viaje. Este año se celebra el 500º aniversario de esa hazaña histórica. En este reportaje se explica, además de cómo fue el viaje, las condiciones de vida a bordo y la organización del personal que había.
Única comida de la que disponían los tripulantes durante gran parte de la expedición (Xavi Ara)
Única comida de la que disponían los tripulantes durante gran parte de la expedición (Xavi Ara)

El 20 de septiembre de 1.519, hace ahora 500 años, partió de Sevilla una flota compuesta por cinco barcos y  239 hombres como tripulación. Con Fernando de Magallanes al frente de la expedición, parten de la ciudad andaluza, pasan por Sanlúcar de Barrameda y finalmente se adentran en el océano. El motivo de ese viaje no es otro que el de cumplir el sueño de Magallanes de encontrar una nueva ruta para llegar hasta las Islas Molucas, que también eran conocidas como Islas de las Especias.

 

Esta gesta histórica se preparó con bastante antelación, ya que la tripulación se embarcaba en esos navíos pero no sabían ni por cuánto tiempo ni en qué condiciones. Las cinco naves que participaron en el viaje son las siguientes: la Santiago, la San Antonio, la Victoria, la Trinidad y la Concepción.

 

Antes de la partida, prepararon las naves con todo el avituallamiento que necesitarían y los instrumentos necesarios para la navegación. Entre esos instrumentos, los más importantes son la brújula, la rosa de los vientos, el astrolabio, el compás náutico y las cartas de navegación.

 

Pero pese a esa preparación, es de obligada pregunta saber cómo tenían pensado sobrevivir durante tanto tiempo en la mar, sabiendo que se adentraban en una masa de agua de gran volumen y se iban a buscar un territorio que, pese a saber dónde se encontraba, quisieron ir entrando por el oeste, ya que bordeando África era imposible hacerlo dado que se trataba de territorio con dominio portugués.

 

Para sobrevivir en alta mar, embarcaron toneladas de provisiones, dado que no se sabía por cuánto tiempo iban a estar navegando. Subieron a bordo: 10.000 kilogramos de galletas de mar, 200 botes de sardinas, 430 kilos de cabezas de ajo, arenques, higos, judías, lentejas, arroz, harina, queso, miel, carne de membrillo y vinagre, 250 barriles de vino de Jerez, y, por último y lo más sorprendente de todo, siete vacas vivas que sacrificarían a lo largo de la travesía para comer carne fresca en buen estado, según datos recogidos por RTVE.

 

La vida a bordo de los buques que formaron parte de esta hazaña histórica fue de lo más compleja y variada. Al principio no hubo prácticamente problemas de avituallamiento, ya que los cinco barcos, todos en buen estado y con la tripulación al completo, consiguieron cruzar el Atlántico hasta llegar a la Bahía de Santa Lucía (actual Río de Janeiro). Fue a partir de esa zona cuando empezaron a surgir problemas.

 

Mientras bordeaban el territorio suramericano, la nao Santiago sufre un inesperado accidente del que no le es posible recuperarse. Tras dos meses parados, y tras comprobar que la Santiago no se encuentra en condiciones aptas para la navegación, los navegantes continúan con la aventura hacia el sur. La siguiente parada es un estrecho en el que se espera encontrar una salida hacia el océano Pacífico, aunque muchos de los hombres no están convencidos de que ese hallazgo sea tal. Por esa razón, y tras la desconfianza generada en Magallanes por parte de gran parte de la tripulación, los tripulantes de la nao San Antonio deciden darse la vuelta y emprenden el camino de regreso hacia España. Esto último supuso un gran problema, ya que a bordo viajaban la gran mayoría de los alimentos de los que disponían para sobrevivir. Pese a esta sorpresa, Fernando de Magallanes decidió seguir adelante con lo puesto (en los barcos que quedaban también había comida y agua, pero no la suficiente como para aguantar toda la travesía que les quedaba por delante).

 

Tras la marcha de la San Antonio, las tres naves restantes (la Victoria, la Trinidad y la Concepción) continúan el viaje hasta llegar al Pacífico. Cruzan este océano durante más de cuatro meses hasta tocar tierra firme en la isla de Guam, con su posterior continuación hacia Filipinas, donde Magallanes muere en combate contra los indígenas. Durante el largo viaje atravesando el Pacífico se produjeron muchísimas bajas, fruto del hambre, la enfermedad, las pésimas condiciones en las que se encontraban a causa de la escasez de comida y agua y por las tempestades contra las que tuvieron que lidiar para no hundirse. Cuando llegaron a la isla de Cebú, volvieron a tener problemas con los indígenas. Se produjeron nuevas bajas y, a raíz de la falta de tripulación para continuar de forma eficaz, deciden reducir a cenizas la nao Concepción.

 

Muerto Magallanes, su sucesor es Juan Sebastián Elcano, un vasco que alcanza el sueño de su predecesor: encontrar las Molucas. Tras cargar los dos barcos con especias, se empiezan a preguntar cómo pueden volver a casa. Tienen dos opciones: la primera, volver por donde han venido, atravesando otra vez el Pacífico, o bien acortar y navegar por territorio portugués. En ese momento, los navíos deciden separarse. La Victoria se queda en las Molucas y la Trinidad zarpa poniendo proa al océano Pacífico. El plan inicial era que si la Trinidad llegaba a España, que pidiesen ayuda y fueran naves auxiliares a rescatar a los de la Victoria que aún quedaban rezagados. Pero al ser invierno, la Trinidad se ve obligada a volver a las Islas de las Especias, donde tendrá que ser reparada.

 

Elcano, que no quiere esperar más, inicia el camino en solitario por la ruta portuguesa. Tras algunas paradas y problemas varios que tuvieron, además del hambre, la Victoria consiguió llegar a Sevilla con tan solo 18 tripulantes (de los 239 que eran inicialmente).

 

Recreando cómo fue el viaje, cabe destacar varios aspectos. Dada la falta de víveres, los miembros de la tripulación se vieron obligados a comer de todo. Serrín de madera, el cuero reblandecido que cubría los palos de las velas, galletas de mar podridas y hasta ratas, por las cuales se llegaba a pagar medio ducado por cada una de ellas. La bebida disponible (en términos generales, agua) también se encontraba en muy mal estado. Según Antonio Pigafetta, el cronista que relató con detalle todos los momentos del viaje, había que taparse la nariz y cerrar los ojos si una persona quería beber agua "pura", pues se encontraba enmohecida y muy mala al gusto.

 

Un dato que puede resultar curioso: cuando llovía, los hombres agarraban una vela y la ponían en posición horizontal, a modo de embudo, para así recolectar todo el agua de lluvia posible para beber.

 

La principal enfermedad por la que morían los tripulantes fue el escorbuto. El escorbuto es una enfermedad muy dolorosa que inflama las encías y produce hemorragias a causa de la falta de vitamina C en el organismo, derivado de una falta de consumo de frutas y verduras frescas durante mucho tiempo.

 

Otra cuestión que se sobreviene de toda esta historia es la siguiente: ¿qué hacían con todas las personas que morían? Bien, pues esta pregunta ha generado grandes incertidumbres. Hay muchos que piensan que se los comían los compañeros, dada la desesperación por comer algo medianamente potable. Pero la realidad, seguramente, sería otra: según relata Pigafetta, cuando alguien perdía la vida, le envolvían con una sábana y lo arrojaban al mar. Esta es posiblemente la explicación que más se acerque a la realidad, dado que el canibalismo, y más hace 500 años, estaba muy mal visto por la sociedad y podría tener terribles consecuencias si alguien se enteraba, en especial a nivel eclesiástico (el mejor castigo podía ser la excomunión, pero podría ser peor, dados el poder y la influencia de la Iglesia en esa época).

 

Pigafetta, en su diario de a bordo, explica que muchos de los cadáveres que eran tirados al mar flotaban porque estaban tan delgados que hasta se les quedaba la cabeza boca arriba.

 

Cambiando de tercio, es importante describir cómo se organizaban a bordo para llevar los barcos a buen puerto y que funcionasen correctamente. Se trata de una jerarquía que se establecía en base al oficio y a la posición social que ostentaba cada persona. De este modo, el pilotaje recaía en manos de personas con una alta posición social (que ostentaban los cargos de capitán y de patrón) y en manos de gente que disponía de gran conocimiento y de una experiencia reconocida (en este lugar encontramos al piloto y al maestre). Los demás cargos solían alcanzarse gracias a la carrera profesional en el mundo marítimo que ostentara cada persona.

 

Además de pilotar la nave, había más cargos a bordo, muchos de los que consistían en hacer más llevadera la travesía y mantener, en la medida de lo posible, el buque en condiciones habitables. Entre ellos se encontraban buzos, escribanos, capellanes, cirujanos, despenseros y hombres de guerra.

 

Este viaje supuso un antes y un después en la historia de la humanidad, puesto que nadie hasta la fecha había conseguido circunnavegar el globo terráqueo. Se descubrieron nuevos territorios y rutas, pero a la vez, el coste humano fue enorme. Una hazaña que merece ser recordada en el tiempo o, al menos, transmitida de generación en generación.

 

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