jueves 16.07.2020
HABLANDO EN PLATA

Autodeterminación

María Hidalgo

Los quebequenses lo han vuelto a hacer. Casi veinticinco años después del referéndum que confirmó al Parti Québécois que la victoria del independentismo estaba a la vuelta de la esquina, las urnas y las papeletas han vuelto a ponerse sobre la mesa y los ciudadanos han votado. Pero que no cunda el pánico todavía. Si eres de los que temen que Quebec haya sentado otro mal ejemplo al que el nacionalismo catalán pueda aferrarse, ya puedes decirle a tu cerebro que el corazón tiene luz verde para bombear tranquilo.

Si en cambio eres de los que celebran la piña en la pizza y mancillan sin reparo el honor de los napolitanos, es momento de preocuparte y hacer con la piña en lata lo que tantos han hecho con el papel higiénico en estos meses de pandemia. Porque lo que esta vez se ha votado ha sido el futuro de este abominable topping tropical en las pizzas de Bàcaro, una cadena de restaurantes de Montreal, cuna de la pizza hawaiana. Y, como en el referéndum de 1995, el resultado ha sido un ajustado y vinculante non.

Ajustado, porque el 47% de los votantes estaba a favor de seguir profanando la pizza. Vinculante, porque la piña desapareció ipso facto del menú del restaurante. Y, con ella, la posibilidad de pedir a sus camareros la Hawaii 5.0, una versión de la pizza hawaiana que va aún más allá en el terrorismo gastronómico y considera legítimo mezclar la piña con bacon, ricota y jalapeños. Un delito en el código penal de todos los italianos que conozco, que son los que verdaderamente tienen derecho a criticar que algo que lleva piña pueda llamarse pizza. Y también un crimen para muchos no italianos, que nos rescatamos nuestro gastro-patriotismo y vemos en la pizza con piña un preocupante parecido a la paella con chorizo o el salmorejo con atún. Pero yo, que orgullosamente soy de las que empatiza con nuestros vecinos italianos y se pone en el frente de la cruzada contra la pizza con piña cada vez que aflora el debate, tengo serias dudas sobre cuál habría sido mi voto en este particular referéndum.

Tengo claros mis sentimientos hacia la pizza con piña. Estoy muy lejos de llevarme bien con ella. Casi tan lejos como de llamar filete de no ternera a un trozo de soja texturizada con un par de especias. Pero, me estremezca o no pensar en tales ofensas a lo que yo considero el buen comer, ¿quién soy yo para decidir lo que pueden comer los demás o para criticarlos por comer algo que a mí no me atrae? Si lo bonito de comer es disfrutar y cada uno disfruta como quiere y con quien quiere. En libertad. Con una incuestionable capacidad de autodeterminación que sí seré yo quien llame derecho, porque en este lo es.

Y, además, no se nos puede olvidar que los que disfrutan de la pizza más odiada del planeta, ya sea en público o desde su armario, siguen dentro del grupo de los que aman la pizza. Y el queso. Porque los que realmente deberían preocuparnos son los que odian la pizza y el queso. En esos sí que no se puede confiar.

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