jueves 27/1/22

 

Julia Nieto

El olor de la chimenea estimula mis recuerdos. No hay invierno en que mi mente no fantasee con aquellos días en los que me sentaba en la silla de azuzar el fuego y, perdida en mis pensamientos, jugaba a quemar las pequeñas ramas que quedaban enredadas en los leños.

“¡Un día te vas a quemar las pestañas!”. En efecto, mi abuela era la única que conseguía sacarme de mi mundo en cinco segundos para una caricia después, meterme en el suyo: “de pequeña, yo hacía lo mismo”. – “Abuela cuéntame más, ¿qué hacías con mi edad?”. “Ay, hija mía, qué pena: hay cosas que es mejor no recordar”.

Siempre quiso mantenerlo en silencio. Supongo que una guerra civil no era un cuento de hadas que contar a una cría, aunque a aquella niña que la vivió le supusiera cicatrices imborrables en su vejez.

Diez años después, la serie Patria me ha hecho volver a escuchar esa frase: no en la misma situación, ni tan siquiera con las mismas palabras; pero sí con esa entonación dolorida que consiguió provocar en mí el efecto del olor a chimenea: el recuerdo. 

Hoy, a la memoria histórica, se le están sumando grandes ventanas audiovisuales que nos permiten asomarnos a tiempos y espacios que no vivimos. Los silencios aliados del miedo se llenan con la voz de personas que quieren explicar la historia no para removerla, sino para quebrar el miedo que existe a revivirla y nutrir la empatía en tiempos en los que bien parece que la hemos apartado de nuestro comportamiento.

Alimentar nuestra realidad con el ruido de platós incendiarios, el estruendo de efectos especiales y la magia de los cuentos de hadas es necesario, pero también necesitamos saber escuchar los silencios de la historia, y es que en la mayoría de ocasiones, estos nos dicen mucho más que los diálogos.

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