jueves 27/1/22

Adrián Romero Jurado — El Siberiano


El ser humano es una conjunción de fracasos que de vez en cuando tiene algún acierto, como el genio de Twitter que contrató al gestor de la cuenta de KFC España. Fíjese cuán humano es equivocarse que ejemplo de ello está en cómo vanagloriamos el éxito y despreciamos el error. Más aún: no buscamos tanto llevar la razón como evitar que se juzgue nuestra equivocación. Claro, en ese afanarse por dotar de sentido a nuestra cabezonería acabamos golpeándonos la cocorota contra la pared (de gotelé, que duele más). Mientras tanto, la puerta se consuela pensando que al menos los sanitarios la atravesarán para atender al desdichado.

Hace una semana tuve una charla que involucraba un vídeo casero de un perro que observaba su reflejo. Bueno, si supiera que aquello que el cristal le devolvía era su reflejo. Mantenía un gesto inocente, evidentemente incapaz de dilucidar que él era aquello que contemplaba. No podía reconocerse, mucho menos definirse como «perro». Claro, cualquiera que sepa algo de biología canina sabe de las limitadas capacidades cognitivas de los canes, y cómo solo ciertos primates y otras especies contadas tienen el don de atribuir su ser al reflejo. Nosotros entre ellas, qué se le va a hacer.

La cosa es que, llegados a un punto de la conversación, admití lo triste que resultaría para uno no saber de sí mismo, quién es o lo que representa. Ahora, repasando mis apuntes mentales, matizo que no me equivoqué en la contestación, tan solo erré el tempo de la respuesta. Porque es muy fácil henchirte de orgullo cuando exclamas «cogito, ergo sum», pero qué deprimente resulta si todo lo que pretendes ser es únicamente en base a tu espejo. El perro, sin saber que es perro, actúa por cuenta y riesgo como uno, ajeno a su perrería. El humano, porque sabe que es humano, necesita demostrar constantemente al resto su humana galantería.

A tenor de todo esto también pregunto: ¿con qué sueñan los perros? Quiero decir, sé lo que sueñan los firulais, los he visto agitar sus patas durante la fase REM. Pero ¿acaso estamos en sus ensoñaciones? Me gusta pensar que el animal, aun desconociendo qué es, sí comprende cómo hemos de estar ahí, junto a él, incluso si no nos ve. Ese es a su juicio nuestro propósito vital, y puestos a otro más elevado, mira, que me pongan el collar y la correa. Mientras tanto, la filosofía y la lírica desangrándose por tratar de entender por qué somos.

Ya puestos a elucubrar, yo pregunto por qué, si tan humanos decimos ser, nos desvivimos en mantener a toda costa el triunfo sobre el error. Hasta la extenuación. No digo que quiera una sociedad de fracasados (estaríamos quitándole mérito a otras instituciones), tan solo bastaría con asumir que a veces fracasamos. Permanecer evasivos ante el error nos angustia, y al final con tanto querer el acierto nos equivocamos, y como del fallo no queremos saber nada, optamos por el «mute» como el que se ha instalado en el último debate entre Biden y Trump para silenciar nuevas y escatológicas interrupciones. O desvirtuamos el concepto de «fracaso» para convertirlo en éxito, como algunos dirigentes de Vox han tratado de hacernos creer ante la falta de apoyos para respaldar su fallido intento de moción de censura. Ejemplo perfecto de personas que creen que todos han de obrar según su reflejo. Oye, es normal, el espejo es un gran invento… para un político. En mi, caso, y si me preguntan, yo sueño con una actitud algo más perra.

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