sábado. 22.06.2024

530 kilómetros de distancia telemática existen entre nosotros cuando Andrés Iwasaki aparece en mi pantalla con su gran sonrisa carismática arropado por las paredes de su cuarto en Madrid. Lo espero metida en un cubículo de medidas similares pero inevitablemente más hostil; las cuatro paredes de un estudio de radio en Sevilla. No puedo evitar preguntarme qué pensaría su padre Fernando de nuestro encuentro digital, que desde que lo conozco siempre me ha inculcado la importancia del contacto real. A pesar de la distancia, nuestro intercambio se siente cercano desde el primer momento, como si dos amigos que se conocen de toda la vida hubieran quedado a tomar un café y a hablar sobre las turbulencias de la industria. En este caso, hablamos de la musical, pero teniendo en cuenta lo polifacético que es mi entrevistado, la conversación vuela por muchísimos más territorios. He estado ansiosa por conocerlo al fin, después de descubrir su música hace un año. Ese nerviosismo se esfuma cuando me dice que va a ir un momento a por su “tacita de café”. La sonrisa me sale sola cuando le confieso lo mucho que agradecería haberme traído la mía. La siguiente hora y media discurre entre risas y confesiones reveladoras.

Cuando escuchas por primera vez su apellido es imposible que te deje indiferente. Y es que el entramado de sus raíces navega a través del Atlántico y del Pacífico. De padre peruano y abuelo japonés, se describe a sí mismo como “El chico que no se sentía de ningún lado pero que a la vez pertenecía a todos sitios”. Eso sí, su multiculturalidad nunca le resultó algo extraño o algo que deba esconderse. Me confiesa que está más conectado con su lado peruano que  al japonés, pero siempre se ha interesado por preguntarle a su padre sobre su abuelo asiático. “Es complicado conjugarme porque son raíces mezcladas y que se difuminan”, explica con una intriga que baila entre sus rasgos.

Es complicado conjugarme porque son raíces mezcladas y que se difuminan

El arte fluye por las venas de Andrés, literalmente. Su madre estudió Bellas Artes y es maestra y restauradora; su padre siempre ha vivido sumergido en la escritura y sus hermanas, desde que eran pequeñas, se han dedicado a cantar y actuar. “Recuerdo entrar de pequeño en el taller de mi madre y ver muchísimas esculturas en proceso de restaurarse. Me encantaba oler la mezcla embriagadora de todos los productos que usaba”. No obstante, aun estando rodeado de tantas influencias, al principio no se dedicaba a nada relacionado con la música. Tras escuchar a sus hermanas cantar con su padre a la guitarra, le comenzó a interesar crear algo de su propia cosecha, pero seguía sin saber tocar ningún instrumento. “Empecé a tocar el piano por mi hermana Paula que estaba en clases. Luego compraron un piano para casa y cuando ella terminaba sus prácticas me ponía a investigar por mi cuenta”, recuerda.  El brillo de sus ojos titila como si pudiese transportarse a la magia de esos inicios.

El ánimo para seguir te lo dan las personas que te rodean

Con un entorno así, es natural que quiera conversar sobre la importancia de tener un apoyo en la familia a la hora de dedicarte a cualquier ámbito artístico. Él entiende que no es solo tu familia sanguínea, sino aquella que encuentras a lo largo de tu camino vital, la que puede ser decisiva a la hora de sentirte capaz. “Si tu entorno te ve como una persona involucrada en cosas que no entienden, tú mismo te vas a sentir como un incomprendido y vas a pensar que no puedes florecer ahí. Ese amor y esa pasión por el arte la va a alimentar uno mismo en soledad. Pero el ánimo para seguir te lo dan las personas que te rodean”.

Andrés habla poesía como quien coge aire por instinto, como si su vocabulario se hubiese forjado entre los versos de César Vallejo y sus frases se construyesen sobre una pila enorme de esos libros. A veces la videollamada se sobresatura y corta su discurso y pienso que la tecnología no está preparada para soportar que hablemos con tanto desparpajo de la importancia de reivindicar las Humanidades. Me frustro y se lo confieso pero su respuesta es mitigadora: “A mí no me importa ir un poquito más lento igual”. Y creo que es ahí, en la lentitud, donde está la clave de este personaje al que le importa tanto la sensibilidad de las palabras. “Me obsesionan mucho las palabras y me obsesiono mucho por encontrar exactamente la palabra perfecta”, me confiesa con las manos en alto. La lentitud y el presente, que son esenciales a la hora de escribir, viven en sus canciones, sobre todo en su primer EP.

Me obsesionan mucho las palabras y me obsesiono mucho por encontrar exactamente la palabra perfecta

Al Margen de Ojalá es un proyecto que nace en su última etapa universitaria, tras dar el despegue de su carrera musical con su aparición en el programa de La Voz. “Recuerdo que estaba terminando mi carrera de Humanidades aquí en Madrid y era el momento en el que estaba teniendo las asignaturas más interesantes. Mis palabras tenían mucho que decir en ese momento”. De ahí salieron canciones tan emotivas como la que da nombre al propio título del proyecto. Al Margen de Ojalá es un canto a querer que el presente se construya alrededor de todos

nuestros sueños y aspiraciones, pero también a reconciliarnos con nuestra realidad y aceptarla. Voy entendiendo que en todo lo que crea Andrés los detalles son cruciales. Para un ávido oyente no será sorpresa que el EP cierre con una canción como Gracias a tantos. Como un puzle que encaja a la perfección, los versos destierran un poco al Ójala y se centran en dar las gracias por lo vivido, por el presente tal y como viene. “Se trata de agradecer todo a pesar de que hay cosas que nos gustaría que fuesen distintas. Al fin y al cabo, todo lo que hemos vivido, sea positivo o traumático, tenemos que vivirlo para aprender a ser mejores", concluye.

El cantante Andrés Iwasaki Imagen cedida por Daniel Claudín
El cantante Andrés Iwasaki. Imagen cedida por Daniel Claudín

Ahora mismo su mente está ocupada con el proceso de creación de su próximo disco. Me adelanta, con un tono que roza el secretismo y la ilusión de contar algo por primera vez, que se llamará Zulbiem. Busco sin éxito el significado de esa palabra en mi imaginario personal antes de que me aclare que es una invención propia. “Zulbiem es una palabra que me vino a la cabeza cuando, al ver las olas del mar retirarse, vi como creaban un espejo kilométrico que duraba nada más que un segundo. Pensé: ¿cómo se puede reflejar la inmensidad del cielo en algo tan efímero?” Esa sensación es la que pretende transmitir con el lanzamiento de este nuevo proyecto; darnos cuenta de que el presente es algo que tenemos tan cerca que a veces no llegamos a vislumbrarlo del todo.

¿Cómo se puede reflejar la inmensidad del cielo en algo tan efímero?

Conversando sobre el disco, noto que hay un discurso complejo que se esfuerza por salir a la luz. Y es que la industria musical nunca ha sido un camino fácil por el que transitar. Por mucho que la ilusión por crear sea un gran motor de salida, Andrés quiere preguntarse más a menudo si va a exponer su música al mundo porque de verdad quiere hacerlo o porque el público lo demanda. “Me entra la nostalgia pensando en los tiempos en los que compuse Al Margen de Ojalá porque creo que salió de una forma muy orgánica”. En los tiempos que corren, la industria demanda una constante productividad, querer exprimir la creatividad de los artistas hasta la última gota en aras de satisfacer a un público que siempre querrá más. “Me daría mucha pena que se pierda lo que estoy sintiendo por quedarme atrapado en la vorágine de producir, producir y producir”.

Intento descifrar al artista que hay al otro lado de la pantalla y me doy cuenta de que nunca podré calificarlo solamente como músico o cantante porque su vida ha estado siempre en conexión con todas las facetas que la disciplina artística puede ofrecer. “Yo no concibo el arte como algo que se sostiene en una única rama”, opina como si no hubiese cabida para entenderlo de otra forma. Consecuentemente, encontramos resquicios de su yo artístico en toda su música. Su capacidad como actor brilla en los videoclips, su expresión más plástica se plasma en las portadas y su bagaje en la escritura fluye inevitablemente en las letras de todas sus canciones.

No concibo el arte como algo que se sostiene en una única rama

Me coge por sorpresa cuando toma la iniciativa para contarme sobre el verdadero trabajo que sostiene este sueño y la conversación se salpica de una realidad esclarecedora. “A mí me encanta trabajar con límites y el límite de lo económico es muy interesante, pero ya llega un punto en el que tenerlo siempre presente es frustrante y agotador”. Con la aspiración de liberarse de esas caderas, se presentó en 2019 a la convocatoria de Iberia para trabajar como azafato y lo aceptaron. “Es un trabajo muy demandante pero te da mucha libertad tanto económica como de horarios. Además de que es muy enriquecedor vivir conociendo tantos sitios y personas diferentes”. Con esta revelación, todo cobra sentido. Andrés es un artista polifacético y multicultural, siempre despierto a todo lo que el mundo tiene por ofrecer. Y su música te transporta a ese silbido que canta el viento cuando vuela a través de las nubes.

Andrés Iwasaki. Imagen cedida por Daniel Claudín
Andrés Iwasaki. Imagen cedida por Daniel Claudín

Acercándonos ya al final, le pregunto con curiosidad por sus influencias musicales y por la música que suele acompañar sus días. Los nombres comienzan a saltar de un lado al otro de la pantalla; figuras de todos los rincones del globo. Desde referencias del folklore latinoamericano hasta grupos de rock americano como Red Hot Chilli Peppers, pasando por cantautores españoles como el Kanka o Valeria Castro. Un mestizaje de lo que representa él como artista y persona. Un entramado de cultura, tradición y sensibilidad, tan complejo como interesante.

Tras haber navegado una hora y media por las aventuras tan emocionantes de su vida, mi cabeza comienza a asentar los pensamientos que revolotean en ella sin demasiado control. Conversar con Andrés es entrar a un museo con muchísimas cosas por contar, el arte rezuma por sus poros de manera natural y es capaz de transmitirlo de una manera que deja huella. Sus canciones son como un mapa capaz de guiarnos a un destino, lejano, pero familiar; a un lugar en el que podamos encontrar a nuestro verdadero yo entre todo el caos que nos rodea.

No puedo evitar pensar que nuestro encuentro acaba de la misma forma que su EP. “Gracias infinitas por la entrevista, por el tiempo y por tu aprecio a mí. Ha sido una experiencia muy bonita”. Y esas palabras de agradecimiento son el eco que retumba en la sala cuando la conexión digital se corta y vuelvo a la realidad.