Ha encarnado la figura de Il Cadí en la ópera Il Califfo di Bagdad compuesta por el sevillano Manuel García en 1806 y dirigida por Guillermo Amaya. Su voz se ha proyectado en el patio de la Montería del Real Alcázar. Aunque el público fuera sin expectativas, por tratarse de una obra fuera de repertorio que se ha recuperado para el Festival de Ópera de Sevilla, fue precisamente esto lo que supuso todo un desafío a la hora de preparar el personaje. Hablamos con el artista de Parma durante sus ensayos en la ciudad.
¿Cómo ha conseguido hacer suyo a un personaje como Cadí?
Un personaje es siempre un pedazo de papel en blanco sobre el cual se escribe mano a mano, porque es difícil saber desde el principio qué quiere la dirección. Aunque pueda parecer algo banal y que todo el mundo da por hecho, lo complicado es tratar de adivinar qué es lo que se va a interpretar. En mi caso, siempre intento tomar un lado de mi carácter y llevarlo a la máxima expresión conectándolo con el personaje que voy a desarrollar. En esta ocasión, ha sido complicado por los rasgos de Il Cadí; un mafioso de primer nivel, violento, cercano a la extorsión y el chantaje, un prenda, completamente alejado de mi personalidad. Pero también es un personaje cómico, por lo que he tenido que darle, además, un trato un poco socarrón y vulgar para que resultara grotesco. Asimismo, tenía que divertir al público, por lo que debía ser igualmente ridículo. Interpretar a un protagonista con esa dualidad, que debe hacer reír, pero que tiene una maldad ahí incorporada, implica mucha preparación.
¿Se encuentra cómodo en un rol más cómico?
Creo que he hecho un tesoro de las propias experiencias sobre el repertorio buffo. Muchas veces recurro a recursos que he utilizado en cualquier otra producción, en cualquier otro momento, y, en consecuencia, propongo algo que es siempre personal y original. Y aunque sea ciertamente más difícil hacer reír que hacer llorar, los papeles buffos tienen siempre, más o menos, una cierta dirección y las mismas bases musicales. También tienen unos tintes más cómicos que hacen que se disfrute más interpretándola.
Debo decir que el mercado ha cambiado mucho y a un cantante lo llaman para hacer cualquier tipo de género operístico, incluso para los que, en principio, no estaría orientado. Yo mismo me he encontrado haciendo títulos mucho más serios, como, por ejemplo, Otello, Macbeth, Bohème, André Chénier, y creo que me quedo con los papeles más cómicos. Puede que sea una cuestión de actitud, tal vez, o por elección, pero he optado por la ópera buffa porque puedo mantener esta decisión, me encuentro cómodo.
¿Qué papel ha marcado su carrera?
Creo que una de las mejores reproducciones que he hecho ha sido el papel de Leporello, en el Don Giovanni que interpretamos en Rusia, en el Dmitry Hvorostovsky Festival de Krasnoyarsk, Rusia. Debo confesar mi escepticismo sobre la tradición operística de la ciudad y, en cambio, fue una gran sorpresa. La producción fue muy bonita, me divertí mucho, fue uno de los primeros grandes papeles que he hecho.
Esta obra de Manuel García se ha rescatado con motivo del 250 aniversario del nacimiento del compositor sevillano. ¿Qué es lo más difícil de interpretar una obra nunca vista por el público contemporáneo?
Ese es el mayor desafío, que no hay una visión previa. Esta versión de Il Califfo di Bagdad supone un hito sólo por el hecho de que haya quedado registrada y documentada de forma audiovisual. Eso influye mucho a la hora de preparar el personaje, cuando no hay expectativas por parte del público porque no existe un referente previo. Para la gente de mi generación esto es un desafío, el que no haya documentación operística. La historia recordará a los artistas por esta interpretación.
Cantar al aire libre entraña ciertas dificultades. ¿Qué diferencia hay entre hacerlo en El Real Alcázar y en un teatro como El Maestranza?
Cantar al aire libre es complicado. Recintos como los teatros italianos de Taormina, Macerata o Torre del Lago tienen una gran tradición operística, pero no fueron diseñados para el género lírico; su origen fue otro. Sin embargo, la gran dificultad no está tanto en proyectar la voz en estos teatros, sino también en el combate contra la orquesta. A pesar de que el cantante de ópera está muy entrenado para estos espacios, los instrumentos musicales han sufrido una gran evolución frente a la voz de los cantantes, y esta se tiene que acomodar a la música de la orquesta para que llegue adecuadamente al público. Los teatros como el Maestranza, más modernos, o los de tipo italiano, son más generosos con el cantante.
¿Cree que los jóvenes están interesados en la ópera?
A los jóvenes les gusta o no les gusta. Es una música como otra; no veo que tenga que haber limitaciones por la edad del público. Además, la ópera es la base para los géneros contemporáneos. Recuerdo que hubo un DJ italiano a principios de los 2000, Gabry Ponte, que cogió un trocito de la ópera Lacrimosa de Verdi y fue un éxito con su Danza de las Estrellas (La Danza Delle Streghe).
