La incertidumbre y el miedo son atributos que nos hacen humanos, y es precisamente la combinación de ellos la que nos empuja a intentar controlar nuestro destino. Pero ¿hasta qué punto somos capaces de conseguirlo? Tenemos la costumbre de recaer en lo que no podemos comprender, para manejar lo que no sabemos controlar. Posos de café, hojas, manos y cartas; objetos cotidianos que a lo largo de la historia se han utilizado para vaticinar el futuro de aquellos que no temen lo suficiente como para no querer descubrirlo.
El tarot se puede tirar de mil formas distintas. No existe una única manera de leer las cartas ni un mismo ritual para todos los tarotistas. Todo depende de quién las eche, del lugar y del ambiente que rodea la consulta. Hay quienes hacen la tirada en un salón lleno de vírgenes y velas consumidas, y otros que convierten una habitación cualquiera en una especie de santuario improvisado. Entre superstición, intuición y necesidad de creer, el tarot sigue formando parte de la vida de muchísimas personas, quienes recurren a esta práctica por creencia real. Aunque que el tarot también se ha convertido en una atracción lúdica para aquellos que no creen realmente, pero se sienten atraídos por la curiosidad esotérica.
El tarot de barrio
El aroma a vela derretida inunda la casa antigua de Carranque. Entre vírgenes colgadas, estampitas religiosas y figuras prácticamente imposibles de reconocer, costaba diferenciar si estás entrando en el hogar de una familia religiosa o supersticiosa a más no poder. Una mujer con cara apática me recibe en la puerta: “¿Quién eres?”
Una vez que le respondo que soy el nieto de Antonia parece que le cambia la expresión y se relaja: “Pasa sin problema, Carmen te está esperando.” Sentada en el sofá estaba la mujer que había venido a buscar; con un vestido de flores azul, gafas y una pinza para el pelo blanco, me saluda y me pide que espere sentado en lo que prepara la mesa con las cartas. Mi abuela me había dicho que este era un lugar extraño, pero no estaba preparado para el choque que me encontré; todo sobrecargado con cachivaches y velas, luces apagadas y una familia de seis viviendo en una casa con cuatro dormitorios muy apretados.
Al rato de conversaciones unilaterales y asentir con la cabeza durante un rato, Carmen me llamó a su terraza de dos metros cuadrados como mucho, totalmente a oscuras y tapada con una especie de manta en las paredes extravagante y fea. Me senté en un sillón en frente de ella y me preguntó encima de una mesa de pupitre qué cartas quería, la baraja española o la del tarot, a lo que respondí que la segunda.
En lo que barajaba las cartas, me fijé en la salita. Si la casa hacía parecer que lo habías visto todo, esa terraza daba para otro reportaje. Un sinfín de objetos de decoración y estanterías a rebosar que parecía que en cualquier momento se te iba a caer todo encima. Al rato, volvió a hablar: “Corta donde quieras y elige el lado que más te guste”. Una vez sigo sus indicaciones, comienza a echar carta a carta formando una especie de tabla de seis por cinco de largo.
La primera tirada hizo que Carmen se estremeciera: “Uf, estas cartas no me han gustado, han salido algunas cosas, pero esa, señalando al diablo, no me ha gustado nada de nada”. Un rato de silencio por ambas partes acaba en ella decidiendo que esa tirada no le ha gustado y que quiere repetir la lectura, pero quitando el Diablo. Carmen recogió las cartas deprisa. Dijo que aquella tirada estaba “contaminada”. Luego apartó el Diablo del mazo antes de volver a empezar.
Una cosa que dijo me dejó perplejo: “Yo te digo una cosa. Siempre que sale la muerte de alguien, yo no la digo. Aunque sea de un familiar. Solo si es evitable y puedo hacer algo al respecto. He salvado bastantes vidas, a mi nieta le dije que no saliera un día con el coche a Granada y un coche calcado al suyo apareció estampado en una calle de aquí al lado.” La tensión empezó a ser más que palpable y yo ya me estaba poniendo muy incómodo. Pero la segunda tirada calmó mis ánimos cuando empezó a leer mensajes más tranquilizadores.
En cuanto a trabajo y futuro aseguró que “las cartas dicen que tú no te vas a dedicar a lo que estás estudiando” y que “te va a costar mucho trabajo, pero vas a conseguir tus metas.” Me dejó un poco fuera de lugar que me dijera que en menos de un año me compraré una casa, lo cual no está en mis planes.
Me aseguró que alguien me había echado un mal de ojo en cuanto a mi vida personal y que, para limpiarme de la maldición tenía que “echar sal en el plato de ducha cuando me duche. Esto libra de cualquier maldición y ayuda con los callos”, dijo entre risas. “Hay alguien que no quiere que te salgan bien las cosas. Ha salido brujería las dos veces.” Ella asegura que tratar con brujería no es malo: “Cada vez que enciendes una vela estás tratando con espíritus, el mal uso sí puede serlo”.
Lo más inquietante no eran las cartas, sino la seguridad con la que hablaba
Había momentos en los que parecía decir cosas demasiado concretas. Por ejemplo, adivinó que este verano me embarcaré con mi familia en un viaje, concretamente un crucero, y que no sería el único viaje que haría a lo largo del año. Ella asegura que tiene esta habilidad desde pequeña: “La gente viene a mí porque necesita ayuda. Hay cosas que veo y no puedo ignorarlas”. Eso sí me aseguró de que todo lo que habíamos hablado se quedaría ahí, y que no le contaría nada a mi abuela: “Cuando termino una tirada, se me olvida todo.”
Muchas de las cosas que decía podían encajar conmigo. O quizá con cualquiera. Lo que me queda claro es que el hecho de que conociera a mi familia hacía difícil separar intuición de información previa. No sabía que le podía haber contado mi abuela sobre mí o mi madre, entonces no descarto que sacara cosas por esa vía.
Al final, no salí creyendo en el tarot, pero sí entendiendo por qué tanta gente necesita creer. Esa familia, al final, vivía casi completamente del trabajo de Carmen, y que muchísima gente del barrio acude a ella para obtener algo de guía y certeza en su vida. Todos necesitamos creer en algo.
Historia del tarot
El tarot es una disciplina milenaria que pretende realizar una lectura del futuro personal, emocional o vital de la persona. El historiador del arte Pedro Ortega Ventureira, autor del libro Tarot. Significado e historia, cuenta que el tarot surge en el norte de Italia en pleno Renacimiento, alrededor del siglo XV. El tarocchi o triunfi fue un juego de cartas de azar, el cual se diseñó para plasmar los Triunfos, obra del poeta renacentista Francesco Petrarca; de ahí su nombre triunfi en italiano. Si bien no hay evidencia o registro alguno de la utilización del tarot para prácticas espirituales, algunos expertos teorizan que surgió gracias a la combinación de la superstición de la época, junto con los dibujos de estos triunfos, que representaban metáforas y alegorías, a través de elementos como el sol, la luna, el papa o incluso la muerte.
Hagamos una simulación: acudimos a la tarotista Tiziana, a través de internet en su página Tarot de Tiziana. Comienza a tirarnos las cartas y, de repente, aparece esta:
Esto es lo que nos comenta la tarotista Tiziana si nos ha salido el as de copas, al revés: “Toda la energía que fluía como un río en esta carta al derecho, comienza ahora a estancarse poco a poco, si se invierte esta carta. Te sientes atascado/a, fundamentalmente a nivel emocional. Los bloqueos te inmovilizan y debes plantearte qué es lo que te bloquea para avanzar”. No es la carta que nos gustaría sacar, pero al menos nos muestra el inicio del camino.
Con la intención de entender cómo funciona realmente este mundo más allá de los tópicos de internet y la estética característica, nos proponemos vivir dos experiencias distintas, en diferentes puntos de España. Una de ellas tiene lugar en Málaga, dentro de la casa de una tarotista conocida en su barrio por leer cartas desde hace décadas. La otra transcurre en Madrid y busca mostrar una forma completamente distinta de acercarse al tarot y a quienes viven de él.
Tarot en números
El tarot en España se mueve en una especie de tierra de nadie entre la actividad profesional, el entretenimiento y la creencia espiritual. No existen cifras oficiales precisas sobre cuánto dinero genera exclusivamente la lectura de cartas, pero distintos análisis del mercado esotérico apuntan a que este sector mueve cada año cientos de millones de euros en nuestro país. Según el portal especializado Modelos de Plan de Negocio, que analiza el mercado de la esotérica online en España, el conjunto de actividades relacionadas con la videncia, la astrología, el tarot y otros servicios similares podría alcanzar incluso cifras de miles de millones de euros anuales. Aunque estas estimaciones incluyen más actividades que la simple lectura de cartas, permiten hacerse una idea de la dimensión económica de este fenómeno.
En cuanto a quienes viven de echar las cartas, los ingresos varían enormemente. Una tarotista de barrio, como Carmen, que recibe clientes en casa y cobra alrededor de 30 euros por consulta, puede llegar a ingresar entre 1.000 y 3.000 euros al mes si mantiene una clientela estable. En los casos de tarotistas con presencia en internet, consultas por videollamada o líneas telefónicas especializadas, las cifras pueden ser bastante más elevadas. Algunas consultas online rondan los 20 y los 50 euros por sesión, y los perfiles más conocidos llegan a superar ampliamente esas cantidades gracias a una mayor visibilidad y volumen de clientes.
Lo más difícil de medir es cuánto de ese dinero pasa por los canales oficiales. Al buscar una lectura de tarot nos encontramos con una realidad curiosa: abundan las consultas telefónicas, los anuncios sin precios visibles y las citas gestionadas directamente entre cliente y tarotista. En el caso de las consultas presenciales de barrio, el pago en efectivo sigue siendo habitual. Eso no significa necesariamente que exista fraude, pero sí que nos encontramos ante un sector donde una parte de la actividad resulta complicada de rastrear estadísticamente.
Quizá ahí reside una de las claves de su éxito. Porque más allá de creer o no en las cartas, el tarot sigue siendo para muchas personas un refugio al que acudir cuando el futuro parece demasiado incierto. Y mientras exista esa necesidad de certezas, siempre habrá alguien dispuesto a sentarse al otro lado de la mesa, barajar las cartas y buscar respuestas entre los arcanos.
Tarot en Internet
La búsqueda de una persona que nos leyera el tarot no fue nada sencilla. Buscamos por distintos sitios y páginas web, solo para encontrar ofertas de lecturas de cartas a precios desorbitados. Lo más curioso de todo es que no pudimos encontrar muchas ofertas que leyeran el tarot de forma presencial. La mayoría de las opciones que se ofertaban eran por teléfono o videollamada, costando la última el doble que la lectura telefónica. Esto hizo que saltaran nuestras alarmas, ya que la lectura por teléfono no aporta ninguna garantía de que realmente nos estén tirando las cartas. Además de que en la mayoría de las ofertas no se habla de precio alguno.
Podemos sacar la conclusión de que, además de existir tarotistas que creen firmemente en el esoterismo y las ciencias ocultas, nos encontramos con una probabilidad bastante grande de toparnos con falsos tarotistas, que, por un ojo de la cara, buscan engañar y aprovecharse de las personas que realmente creen. Partiendo una lanza a favor de estos estafadores, les podríamos acusar de brujería, lo cual haría la experiencia un poco más realista.
Llegamos incluso a pedir cita con una tarotista, solo para descubrir a última hora que la lectura sería por teléfono. Cuando ya nos íbamos a dar por vencidos, como si estuviera marcado en los posos de café o escrito en las hojas, descubrimos que la vecina de la abuela de nuestro reportero Javier Rubio, Carmen, era tarotista y por el módico precio de 30 € finalmente le leyó las cartas a nuestro reportero.
Cócteles paranormales y tarot: plan de fin de semana
Nuestro otro reportero, Mario, tuvo una experiencia distinta que la de Javi. Acudió a la única coctelería ocultista de toda Europa, situada en el barrio de Malasaña, en Madrid. Este lugar dista mucho de la experiencia pura de vivir el tarot, porque es innegable que el enfoque de esta coctelería era más lúdico, ofreciendo también cócteles sobrenaturales, junto con la lectura del tarot, realizada por tarotistas experimentadas.
Encontré este lugar por puro azar, Medium Club, mientras paseaba de noche con mis amigos por el barrio de Malasaña. Me llamó mucho la atención la gran mano luminosa roja que se asomaba por la ventana del sitio y debo admitir que me sentí un poco hipnotizado por ella. Al entrar podías ver cómo las paredes estaban llenas de decorados ocultistas, como máscaras, retratos, manos e incluso alguna que otra Ouija colgada en la pared.
Era un lugar tenebrosamente interesante. Tenía también una estética de coctelería antigua que alimentaba el lugar de misticismo y penumbra. Me apunté a la lista de espera para la lectura del tarot, mientras disfrutaba de un cóctel con nombre de misterio sin resolver.
Cuando llegó mi turno, me llevaron por un pasillo muy oscuro y estrecho, que parecía acabarse ahí mismo sin una puerta por la que escapar. De repente el camarero que me estaba guiando abrió un espejo como si fuera una puerta normal, y me reveló una sala escasa en decoración, donde solo había dos sofás, con una mesa en medio. En uno de esos sofás se encontraba la tarotista, que lo primero que me pregunta es si venía de parte del cumpleaños de Cristina. Escuchar esto me descolocó bastante y hoy en día me pregunto si hubiera cambiado algo en su lectura si le hubiera dicho que sí venía de parte de Cristina.
Nada más comenzar me contó que disponía de solo dos preguntas y que la lectura duraría unos 7 minutos. De nuevo me sentí como si estuviera en alguna atracción de feria, en vez de estar a punto de descubrir mi futuro. Mis dos preguntas fueron simples: éxito profesional y vida amorosa en el plazo de un año.
La tarotista comenzó a barajar las cartas, mirándolas fijamente, para responder a mi primera cuestión, la del éxito profesional. Mientras lo hacía susurraba mi nombre, junto con otras palabras que no logré identificar. Otra cosa que hizo que me desconectara a nivel espiritual de la experiencia fue ver como el móvil de la tarotista se encendía una y otra vez con una cantidad de mensajes impresionante. Era como si estuviera recibiendo la información del más allá a través de WhatsApp. Al cabo de unos segundos, dividió la baraja y me hizo escoger uno de los dos montones de cartas. Nada más escoger empezó a colocar las cartas en forma de pirámide, explicándome el significado de cada carta y su relación con mi pregunta. La conclusión fue muy positiva para mí, ya que le habían dicho las cartas que llegaría a la cima de mi profesión y que me convertiré en una persona muy sabia. Me gustó mucho cómo, con cada carta, sus expresiones iban cambiando.
Me dejó de gustar, cuando en la pregunta del amor se le cambió la cara a una de terror. Realizó el mismo procedimiento que en la pregunta anterior. Recuerdo que la primera carta que salió representaba al demonio, a lo que le siguieron más cartas negativas, como la daga y la serpiente. En este momento ya comencé a experimentar una tensión real porque veía que las cartas iban saliendo y ninguna me vaticinaba un buen futuro amoroso. La tarotista me dijo que, en el plazo de un año, conocería a una persona con la que tendría una historia amorosa. Nada más decir esto elevó su voz de forma repentina y exclamó: “¡Pero cuidado! Porque si no tomas las riendas de tu vida y no te defiendes, te pueden volver a hacer daño y sufrirás muchísimo”. Nunca he sido de las personas que piensan que para amar a alguien hay que defenderse, pero parece que me va a tocar descubrirlo.
Nosotros no hemos buscado al tarot, sino que el tarot nos ha buscado a nosotros
Sin duda el misterio que rodea el mundo del tarot sigue sin ser resuelto. Lo que sí observamos es su impacto dentro de la sociedad, con personas como Carmen, quienes creen firmemente y practican el tarot desde su casa, o como en el Medium Club que capitaliza estas artes ocultistas, pero que al mismo tiempo alimenta su misterio. No sabríamos llegar a una conclusión sobre si el tarot es cierto o no, ya que al igual que conseguimos encontrarles el sentido o el origen a ciertas predicciones, el destino ha sido el principal agente que ha intervenido en que nosotros obtengamos la información que hemos recabado. Podríamos decir que nosotros no hemos buscado al tarot, sino que el tarot nos ha buscado a nosotros.
