domingo. 12.07.2026

Barcelona, 13 de abril de 2026. Los alrededores del Palau Sant Jordi no parecen los de un concierto convencional; más bien, evocan una estética futurista o la salida de una misa en una realidad alternativa. El aire está cargado de esa electricidad que solo generan las grandes citas. Hay nervios, muchos nervios, especialmente entre quienes han llegado con horas de antelación y deambulan preguntando por cuál de las múltiples bocas del estadio deben entrar para estar lo más cerca posible de su ídolo. Mientras tanto, en las taquillas, un pequeño grupo de incansables espera con fe a que, quizás, se liberen entradas reservadas para incidencias en el último momento. Al mirar alrededor, la sensación de unidad es clara: el blanco predomina en los outfits, un mar de pureza que muestra que las personas han entendido la estética del concierto.

La espera en el estadio

Cuando finalmente se abren las puertas, la estética del LUX Tour cobra literalmente vida. El público ha hecho los deberes: se ven "monjas" (algunas con barba y vello en el pecho), personas con aureolas de santo que brillan bajo los focos del estadio, faldas de tul que simulan nubes y velos amantillados que ondean por los pasillos. Rosalía ha logrado que su concepto de religiosidad, espiritualidad y búsqueda interior cale hondo. Si en la portada de su disco se presentaba con un hábito de monja reinventado, sus fieles han respondido convirtiendo el Palau Sant Jordi en un convento moderno. Dentro, el sold out impone. Miles de cabezas se aglomeran en la pista, dividida por un escenario central y otro rectangular que se proyecta hacia el frente. En las gradas, la impaciencia se combate con la clásica ola colectiva, que recorre el perímetro del estadio una y otra vez hasta que sale a la perfección y todos los asistentes se animan a seguirla, calentando el ambiente para lo que está por venir.

De pronto, la oscuridad. El silencio no existe. Mientras el público grita, una orquesta emerge por el flanco derecho del escenario principal. Solos, caminan hacia el escenario que mira al frontal, donde se colocan. Tras sentarse, los músicos inician una melodía solemne, llena de violines, contrabajos y todo tipo de instrumentos que no se esperarían en un concierto de pop. Con Rosalía nunca se sabe. El escenario se abre y de una caja de muñecas blanca opaca, aparece Rosalía. Vestida de bailarina clásica, su salida se parece más a un inicio de una obra de balé que al de un concierto de una artista internacional.

Acto I: El nacimiento del espectáculo

El inicio es demoledor con "Sexo, Violencia y Llantas", una de las piezas angulares de LUX. La escenografía apuesta por el "menos es más": una circunferencia blanca que simula una luna llena domina el fondo, enmarcada por dos escaleras inmaculadas. Los bailarines, con un vestuario simple en tonos negros y grises, actúan como sombras que realzan el brillo de la catalana, la única que destaca en el escenario con un tutú rosa de mucho vuelo. 

El bloque inicial desgrana el nuevo álbum en su parte más religiosa y pura. Durante "Porcelana", la artista queda envuelta en un juego de telas que suben y bajan con ayuda de solo unos ventiladores y cuatro bailarines. Bailan las telas de forma hipnótica, creando una imagen de delicadeza, y Rosalía se desenvuelve en ellas con tanta naturalidad que parece que las telas le obedezcan en cada frase que canta. Le siguen "Reliquia" y "Divinize", antes de romper el corazón del estadio con la interpretación de "Mio cristo piange diamanti".

Entre canción y canción, la "Motomami" se quita la máscara de estrella internacional para volver a ser la chica de San Esteban Sasroviras. Habla en catalán, visiblemente emocionada, y confiesa lo especial que es para ella estar en su ciudad natal. "Barcelona, bona nit", dice con la voz quebrada por la gratitud, entre canción y canción. “Siempre es un privilegio y es muy especial poder actuar en tu ciudad natal”.

Acto II: El Aquelarre

Si el primer acto fue celestial, el segundo nos arrastra a las profundidades. Rosalía reaparece envuelta en un riguroso negro. De su cabeza brotan unos cuernos de pluma que evocan una figura satánica, transformando el escenario en una escena que recuerda intencionadamente al Aquelarre de Francisco de Goya.

Rosalía foto Berghain
Rosalía en el Palau Sant Jordi en su gira LUX. Puesta en escena del tema Berghain/ Laura Sánchez-Matamoros Muñiz

Es el momento de "Berghain", el primer adelanto que conocimos de LUX. El título, inspirado en el templo del techno berlinés, sirve de vehículo para explorar la dualidad humana: lo terrenal frente a lo espiritual, el placer frente al tormento. La canción es una mezcla de lírica y rave que culmina con luces estroboscópicas agresivas y unos visuales que transforman el Sant Jordi en el club de Berlín. El estadio retumba, los asientos vibran y vemos a los bailarines en la pantalla a fogonazos.

Los descansos entre actos, lejos de ser tiempos muertos, son parte del espectáculo. Tras el primer acto, un vídeo paródico de los bailarines imitando a la jefa, cantando "Divinize" con todo su sentimiento, hace que el público se pregunte si lo que se ve en pantalla es en directo o pregrabado, dada la espontaneidad. Tras el segundo, la interactividad es total: un juego de cámaras invita al público a imitar obras de arte clásicas. Desde El nacimiento de Venus de Botticelli hasta el Ecce Homo de Borja, que el público recibió con especial sorna; hasta que el "afortunado" no clava la postura en la pantalla gigante, la imagen no cambia, generando una atmósfera de comunión y humor entre los asistentes.

Acto III: La Gioconda Motomami

El telón se abre de nuevo para revelar a una Rosalía enmarcada en oro, como una obra de museo viviente. Mientras sus bailarines la fotografían, ella entona una versión magistral de "Can’t Take My Eyes Off You". El fondo del cuadro que proyectan las pantallas muestra los picos de Montserrat, un guiño directo a su tierra. La referencia artística es clara: una Gioconda moderna cantando al amor.

Rosalía en el Palau Sant Jordi en su gira LUX / Laura Sánchez-Matamoros Muñiz
Rosalía en el Palau Sant Jordi en su gira LUX. Puesta en escena de la canción Can’t Take My Eyes Off You/ Laura Sánchez-Matamoros Muñiz

Este bloque es el más íntimo. Rosalía sube a varios fans al escenario, dándoles la mano y abrazándolos mientras les canta a escasos centímetros. Esta cercanía llega hasta el tema "Sauvignon Blanc". Siguiendo su tradición de interactuar con los carteles del público cada noche durante la canción, la artista localiza a una joven llamada Izaro, llegada desde Vitoria-Gasteiz. Al enterarse de que es su primer concierto en la vida, Rosalía se muestra halagada: "Gracias por elegirme para estrenarte". Después, le confiesa a la chica de catorce años que su primera vez como público también fue en ese mismo Palau, viendo a Estopa. Para Rosalía, actuar allí es cerrar un círculo.

El guiño a sus antiguos éxitos

Aunque el repertorio se centra en su nueva era, no faltan los pilares de su carrera. El público enloqueció con "Saoko", "Bizcochito" y "Despechá". Se echó de menos, quizás, algún rastro más profundo de El Mal Querer, pero la energía de Motomami compensó la nostalgia. La apoteosis rave regresa cuando la artista recorre el pasillo central de la pista, acercándose peligrosamente a la marea de manos que buscan tocarla. Durante "CUUUuuuuuTE", el simbolismo religioso alcanza su cima: un botafumeiro gigante desciende del techo del Sant Jordi. El artefacto comienza a balancearse de lado a lado, soltando humo blanco y ráfagas de luz parpadeante, mientras el estadio entero salta al ritmo de los beats y vuelve a rebotar.

Para el tercer acto, Rosalía recupera su ya famoso "confesionario". Por esta sección han pasado grandes nombres como Aitana, pero esta noche el turno fue para la actriz Yolanda Ramos. Con su característico humor ácido, Ramos cuenta una historia de despecho con un ex. Rosalía dictamina que ambos son "dos perlas". Es el pie perfecto para "La Perla", tema que los fans atribuyen a su ruptura con Rauw Alejandro. La puesta en escena es prodigiosa: unas manos con guantes blancos crean la ilusión óptica de que la artista vuela sobre una perla gigante: una coreografía plástica y dolorosamente bella.

Rosalía foto perla
Rosalía en el Palau Sant Jordi en su gira LUX interpretando La Perla / Laura Sánchez-Matamoros Muñiz

El cierre es, irónicamente, una muerte. Vestida como un ángel, simulando su propio final, Rosalía se deja caer hacia atrás, desapareciendo de la vista del público en una imagen de sencillez y potencia visual absoluta. El LUX Tour no es solo un concierto; es una misa, una rave y también una exposición de arte. Barcelona se va a casa poco a poco, con la multitud saliendo del estadio comentando lo visto, con la sensación de haber sido testigo de algo que trasciende la música. La Santa Motomami lo ha vuelto a hacer.