Cuenta la leyenda que un devoto peregrino, conocido entre todos como Francisco Paniagua, deambuló durante más de cuarenta kilómetros, sin nada más que una imagen de la Virgen apoyada sobre su pecho, buscando en el silencio de los senderos una señal del Cielo para construir un templo. Allí, donde la ciudad se deja entrever temerosa desde las alturas, erigió el Santuario de la Virgen de la Montaña, destino hacia el que nos dirigimos en un día tan soleado como hoy.
El camino es largo, pero no cansado. Quizá fue esa la razón que me hizo querer seguir adelante, o quizá fueron los amigos con los que compartí rumbo lo que hizo más liviano el paso. El rugido estremecedor de los vehículos que nos adelantan a una velocidad pavorosa, las luces brillantes de los escaparates que nos invitan a adentrarnos en las tiendas para alimentar ese capitalismo que tanto caracteriza a nuestra sociedad, el olor que se escapa de las cocinas de los bares donde familias celebran los cumpleaños de sus familiares, entre gritos y vítores... todo aquello va quedando a nuestra espalda a medida que el autobús donde vamos sentados huye de la ajetreada rutina de la ciudad extremeña. Si miro hacia detrás por el cristal, solo se pueden apreciar ya las difusas pinceladas de una ciudad medieval que tan importante fue años atrás para la historia de nuestro país. Casas, iglesias, parques, edificios... todo ello se suma en una borrosa mancha de colores donde ponerle nombre a cada silueta se convierte en una tarea prácticamente imposible.
Las altas farolas son reemplazadas por árboles, y el negro asfalto de las carreteras por caminos de tierra que antaño eran recorridos por carretas y caballos. Las marcas de neumáticos se convierten en pisadas de miles de hombres y mujeres de diferentes tamaños y edades; así lo demuestran las huellas sobre las que ahora voy dejando el recordatorio de una nueva generación que sueña con desenterrar el pasado y revivir nuestras más antiguas tradiciones.
Al igual que la luz que alumbra el final de un túnel que parece no tener salida, el autobús se detiene en un claro donde lo único que nos cubre es la suave luz del sol tardío primaveral. Ha llegado el momento de apearnos para comenzar nuestra travesía, no sin antes despedirnos del conductor quien, entre el vaivén del camino, nos indica nuestra parada como un faro que guía a los barcos en la oscuridad de la noche. Confiado, parece que lleva escrito en la memoria el destino de cada viajero. No hace calor, pero tampoco frío. El embriagador aroma de lavanda mezclado con margaritas nos da la bienvenida, como un lugareño acoge a un foráneo en su hogar sin importar su procedencia u origen. No pertenecemos a este mundo, pero la Madre Naturaleza siempre es generosa con sus retoños.
Por ahora somos los únicos aventureros que nos hemos atrevido a visitar a la Virgen de la Montaña en su lugar de culto. Cuesta arriba sin descanso, zancada tras zancada, a ritmo constante, avanzamos por el sendero. Nuestro único acompañante es el piar de los pájaros que vuelan a sus nidos tras una larga jornada de trabajo. "Creo que son jilgueros", escucho comentar a Germán, uno de mis acompañantes en este viaje por tierras cacereñas. El sonido inconfundible de su piar nos indica que vamos por buen camino. En la lejanía vislumbro una fortificación de ladrillo de color nieve. No queda mucho para alcanzar nuestro destino.
Tras un laberíntico sinfín de virajes, finalmente llegamos al final del camino. Aquí, en este santuario, alejado de los placeres terrenales, la vida parece moverse a otro ritmo distinto. El tiempo, esclavo de la espera, se detiene para conceder a los fieles que se atreven a visitar a la patrona de la ciudad la compensación de su sacrificio. Mientras tanto el sol, tímido, se despide de nosotros lentamente para acostarse en su lecho, escondido tras la Sierra de la Mosca. El cielo se transforma en una gran nube de algodón, mofándose de nosotros por no poder saborear su dulzura. Breves pero intensos rayos de luz anaranjada tiñen el Sagrado Corazón de Jesús, monumento alzado como guardián y defensor del santuario.
Pese a no poder adentrarnos en las capillas que conforman este conjunto histórico, Cáceres se levanta imponente en la distancia. Desde el mirador, las vistas compensan toda ausencia: la ciudad, abrazada por la luz dorada, se extiende poderosa ante nuestros ojos. El sedoso roce de la brisa sobre nuestra piel nos habla en silencio, y por un momento, todo desaparece a nuestro alrededor. Aunque las puertas del templo permanecieron cerradas, el horizonte se abrió frente a nosotros, maravillándonos con su belleza.
Entre estrofas de Nino Bravo y melodías de Camilo Sesto, notas desafinadas, voces alzadas a una noche estrellada que amenaza con cernirse sobre nosotros, deshacemos nuestro camino para regresar a casa. Compartimos nuestras experiencias y disfrutamos de nuestra compañía. El cansancio se mezcla con la risa, y en cada palabra hay una pequeña muestra de gratitud: por el sendero recorrido, por lo visto y lo sentido, por los amigos que he hecho, y, sobre todo, por ese vínculo invisible que se teje cuando se camina juntos hacia algo más grande que uno mismo.
