En una sociedad cada vez más confundida y a la vez más consciente de sí misma, las prácticas esotéricas como el tarot se alzan como una suerte de refugio y promesa de respuestas, presentándose para los individuos como el remedio para dar sentido a sus incertidumbres.
La iluminación de la sala no ha cambiado desde la última vez que vine, sigue siendo igual de apagada. En la pared del final, dos lámparas a cada lado iluminan levemente el cuarto. En el centro del espacio, una pequeña mesa redonda con dos sillas enfrentadas, y justo sobre ella, un foco dibujando un pequeño aro de luz. Dentro de ese círculo descansa el instrumento que iba a provocar que toda aquella escena tuviese sentido: una baraja de cartas.
— ¿Es la primera vez que vienes?
— Sí — mentí. No era la primera vez, más bien la segunda, pero quería saber qué ocurriría si no era completamente sincera. El sonido de las cartas barajándose, aquella tenue luz y el silencio absoluto que provocaba cierta incomodidad ya eran suficientemente místicos. Pero nadie viene para disfrutar de una experiencia estética, sino más bien buscando respuestas a lo que no se puede ver a simple vista.
Mientras se entretenía barajando, observé más el espacio. Encima de cada lámpara un cuadro distinto de quien supuse que serían familiares de él, no fue por intuición, sino porque la misma comisura de labio cerrada los delataba. Como si me hubiese entendido o leído los pensamientos me confirmó seguidamente que eran sus padres los señores de los cuadros. — Aquella señora que ves allí, es mi madre, ella fue la que me enseñó a leer las cartas – dijo sin que yo preguntara. — Ella tenía mucho más potencial que yo, no solo interpretaba, también podía ver a muertos. — ¿Cómo que veía muertos? — No me contestó. Dio por hecho que la pregunta no necesitaba respuesta, él ya había sido lo suficientemente claro. — Corta. Me posó la baraja con un fuerte golpe en mi lado de la mesa. Miré la pequeña torre de cartas y dividí el mazo por donde me pareció. Él cogió ambos tacos, los miró y tras profundizar levemente lo que estaba viendo dijo: — Tenemos mucho de lo que hablar aquí.
La escena parece sacada de una película o un libro fantástico, pero no es mentira. Esta situación sucede en el pleno corazón de Triana, en una preciosa casa cerca del río Guadalquivir y que recibe a decenas de personas todos los días con el compromiso de leerse las cartas.
Joaquín tiene 67 años y lleva más de veinte ejerciendo de tarotista en una sala de su hogar que ha transformado en consulta. Su pareja es quien atiende las visitas y anota las citas en una agenda que, si observas detenidamente, tiene prácticamente todos los días de la semana (mañana y tarde) concurridos y reservados. Esto me hace preguntarme, ¿tan necesitada está la población en encontrar respuestas? ¿O es que, en una sociedad cada vez más incierta hemos perdido el rumbo?
Se calcula que, en Estados Unidos, según un estudio realizado por Pew Research Center, en el último año un 30% de la población ha consultado al menos una vez servicios psíquicos y más específicamente un 11% de la población admitió haberse interesado expresamente por el tarot. Pero sin irnos tan lejos, aquí en España en una encuesta digital realizada por Cataluña Radio se confirmó que 1 de cada 3 españoles ha llamado alguna vez a un servicio de tarot, con un incremento exponencial en el número de llamadas durante el Covid-19 en el año 2020. Además, parece tener un interés muy significativo entre los más jóvenes o los llamados Generación Z, ya que según un estudio del Instituto Springtide, más del 50% de este sector de la población recurre a las cartas o a la adivinación para encontrar respuestas a una vida que paradójicamente aún está lejos de alcanzar su punto de madurez.
De los juegos de mesa a los juegos místicos
Un pensamiento muy extendido cuando se habla sobre el tarot es relacionar directamente su origen con la población gitana, egipcios e incluso la antigua mitología. En un intento de darle una justificación mística o ‘mágica’ a esta práctica. No es tan rebuscado, ni a la vez tan sencillo.
Este viaje que causaría tanto furor con el paso de los años comienza en la Ruta de la Seda que recorrían los mercaderes mediterráneos por China, Persia y África durante el siglo XIII. Fue en el trasiego de esas expediciones donde se tuvo contacto con el primer mazo de cartas conocido en Occidente: Mamluk. Este llegará al norte de Italia en el siglo XV y será reconocido y adoptado por la nobleza italiana como un simple juego que podemos comparar actualmente con el Bridge: juego de naipes que se juega en parejas, en el que, en cada ronda, una de ellas debe cumplir un número de bazas previamente acordado en una subasta inicial. En los salones italianos, las risas, los murmullos y el golpeteo de las cartas sobre la mesa acompañaban estas primeras partidas. A partir de entonces, los juegos se extendieron con gran rapidez. Como si viajaran de mano en mano y de corte en corte, su exponencial popularidad impulsó su expansión por Europa y, para finales de siglo, la baraja había adquirido la estructura que reconocemos hoy.
En Francia, concretamente en Marsella durante el siglo XVI, las imágenes de la baraja sufrieron una transformación decisiva. Se estima que fue allí donde nació el tarot tal y como lo entendemos hoy, coincidiendo con el momento en que comenzó a tener uso adivinatorio. En los salones nobles, bajo la luz tenue de las velas, era habitual pedir a una doncella que extrajera una carta para interpretar la personalidad o el destino según la figura representada.
Con el paso de los siglos, se fue tejiendo una narrativa mística en torno a la baraja de cartas. La fascinación del público por lo esotérico, alimentada por el creciente interés francés por la cultura egipcia, envolvió a las cartas en un aura de misterio. Esto llevó a numerosos autores a comenzar a generar teorías y a relacionar las cartas con simbolismo ancestral, como si cada figura escondiera un mensaje olvidado por el tiempo.
Fue Eliphas Levi en el siglo siglo XVIII en su libro Doctrina y ritual de la alta magia quien las relaciona por primera vez con símbolos hebreos, los planetas e incluso los signos del zodíaco, arraigando más la idea de ese posible vínculo entre los egipcios, Dios y las cartas, cuando en verdad toda esta hipótesis no dejaba de ser un invento.
Esto no quiere decir que el tarot no tenga una alegoría mística, ni mucho menos. Ya en el siglo XIX, Arthur Edward White, experto en esoterismo, desmintió todas aquellas afirmaciones sobre una posible relación entre las cartas y el simbolismo antiguo, pero sí confirma que este objeto tiene una alta carga interpretativa. Es por ello por lo que junto a Pamela Colman Smith, ilustrado y escritora, dan lugar a la baraja más utilizada y universal hasta la fecha: la baraja Ryder Waite Smith, mucho más sencilla de leer al contener unas ilustraciones que no recurrían a un gran uso de la intuición por parte de quien las interpretase.
Buscando respuestas en las cartas
Macarena es estudiante de Periodismo, Sofía acaba de empezar su primer año de Derecho, Ana tiene 32 años y trabaja como gestora de apartamentos turísticos y a tiempo parcial está estudiando la carrera de Psicología. Las tres son muy diferentes, pero tienen en común un aspecto: recurren o han recurrido con frecuencia al tarot.
“Acudo con el fin de engañarme a mí misma. Me gusta que las cartas ofrezcan respuestas de lo que puede pasar en mi futuro a corto plazo, me permite imaginarme una vida posible. Pero yo sé que no debo fiarme completamente de esas respuestas o vivir guiada por esas ilusiones. Es cierto que lo que me dice mi tarotista se asemeja bastante a mi realidad por eso lo creo, porque menciona aspectos que solo mi círculo cercano puede conocer”, comenta Macarena quien lleva acudiendo al mismo tarotista desde hace ya dos años. “Me animé a ir por primera vez con una persona muy cercana a mí, ambas necesitábamos ir para zanjar ciertas situaciones de nuestra vida y aclarar todo aquello que nos perturbaba en ese momento”.
“Yo descubrí las cartas con mi amiga cuando teníamos 14 o 15 años más o menos. Comenzamos a jugar con una baraja de broma, pero un cierto interés surgió en nosotras. Mi amiga comenzó a especializarse y desarrollar su habilidad, me lee las cartas de vez en cuando. Lo que sale en la baraja suele cumplirse, pero tampoco me perturba demasiado o me predispone”. Sofía asegura que, aunque crea en el tarot, las respuestas que recibe no la condicionan, incluso ella, al igual que su amiga, quiere aprender a interpretar las cartas.
“He pasado por etapas muy difíciles en los últimos años, fui por recomendación de una amiga a una tarotista que vive cerca del Hospital Virgen del Rocío (Sevilla). Cuando llegué a su casa tenía una bata blanca, acababa de terminar su turno en el hospital. Me extrañó que una médico ofreciera lecturas de cartas y cuando se lo pregunté me dijo que una no puede escapar de su misión en la vida, al parecer la suya era doble: ayudar a las personas física y mentalmente. Fui dos veces a que me echara las cartas y no volví más, la segunda vez que acudí las respuestas que me ofreció sentí que me condicionarían demasiado a futuro”, dice Ana quien asegura que no volverá a pisar la consulta de un tarotista. “No se equivocó, lo que me dijo que ocurriría acabó pasando, pero hasta ese entonces, me recordaba a mí misma constantemente que aquello que escuché podía pasar. Al final, acabó sucediendo. Y aun así me sorprendió y no evitó el dolor”.
Los perfiles de personas que acuden son variados al igual que sus reacciones. Lo que parece que es una norma es la predominancia y presencia de las mujeres en este sector
“La mayoría de las personas que vienen aquí son mujeres, jóvenes en su mayoría. Me hace gracia que suelen venir por recomendaciones de otras amigas. No suelen repetir la experiencia, o si regresan es porque tienen dudas amorosas. Es curioso, pero tampoco me sorprende. Creo que sienten estas lecturas como una manera de encontrar respuesta y a la vez hablar... Como si fuese una reunión de amigas”, dice Joaquín, quien tras su larga trayectoria ve como cotidiano que casi todas las citas escritas en su agenda sean nombres de mujeres.
Aparte de ser un servicio dominado por el sector femenino, otro aspecto clave es la pérdida o la falta de algo o alguien por quienes acuden a echarse las cartas. No buscan soluciones que ellos puedan aplicar, buscan respuestas a las que aferrarse como un rayo de esperanza en las neblinas que les atosigan.
A lo largo de nuestra vida pasamos por eventos vitales como el enamoramiento o la búsqueda de empleo, e incluso la pérdida de un ser querido. Todo ello genera incertidumbre y algunas personas, para resolver ese conflicto o encontrar paz o seguridad, recurren a tarotistas que les proporcionan afirmaciones gratas, les dotan de fuerza y ofrecen soluciones en muchos casos a su ansiedad.
El mayor negocio de la historia
Todo superpoder conlleva un sacrificio, o más bien, un precio. Y no un precio barato. El tarotista al que llamas por teléfono cobra un euro por minuto. Aquel que echa las cartas en una consulta como mínimo pide 20 euros por sesión. No es ninguna falacia. En 2021, Arlette Hechizos, un gabinete de tarotistas, recaudó solo con su canal de YouTube 156000 euros.
En TikTok cada vez son más comunes los usuarios que graban tiradas de cartas y después las suben a la red social con el conocimiento de que en minutos subirán las visualizaciones y con ello las ganancias por el vídeo. Los perfiles de corte esotérico son seguidos por millones de personas, este es el caso del joven influencer Victor Tarot o Irina Cuesta, ambos con más de cuatro millones de seguidores en la red social. El algoritmo juega aquí un papel muy importante y se vuelve un aliado clave en esta estafa: si la aplicación ve que eres propenso a darle ‘me gusta’ a vídeos relacionados con una ruptura amorosa, dando a entender que estás pasando por una mala situación romántica, no tardará en reaccionar y preparar en tu ‘para ti’ a un tarotista diciéndote que tú y tu pareja volveréis a estar juntos y sois almas gemelas. Esa es la magia detrás de las tiradas por redes sociales: jugar con los datos de los usuarios.
El dinero puede suponer un problema para discernir dentro de este mundo aquellos que son unos estafadores de los que verdaderamente tienen cierta capacidad leyendo las cartas, pero también hay que entender que cualquier servicio debe ser pagado. “Cuando comencé a leer las cartas no pedía ningún tipo de remuneración, aquellas personas eran mis primeros clientes y yo aún no realizaba lecturas al nivel de las de ahora. La gente confiaba en mí; primero, mis amigos o vecinos de la zona, luego fui cogiendo mi fama. También es verdad que mi madre antes que yo ya leía las cartas, y además muy bien, por lo que éramos conocidos en el barrio favorablemente” recalca Joaquín, quien hoy en día cobra por una lectura, pero asegura que su interpretación no es endeble. “He llegado a oír barbaridades por la calle, personas que aseguran una buena tirada, y después esos clientes suyos vienen a mí pidiendo respuestas a los agobios o mentiras que el supuesto tarotista les ha vendido”.
También hay casos de personas que leen las cartas y no piden dinero a cambio, lo hacen por puro entretenimiento, es el caso de Rocío, estudiante de Derecho que lleva desarrollando esta habilidad durante cinco años. “El tarot ayuda a entender aquello que de normal no entendemos, no queremos entender o no llegamos a comprender. No es tanto leer el futuro. Yo te indico, según las energías con las que llegas o las decisiones que has tomado, el futuro al que puedes llegar en el caso de que no modifiques tus pensamientos. Pero, al fin y al cabo, la vida es un constante cambio. El tarot es más una ayuda en aquellos aspectos que no vemos definidos y nos confunden, yo no puedo asegurar que nada de lo que interpreto vaya a ocurrir. No me parece ético por lo tanto cobrar”.
El gasto ya no se limita al servicio de lectura: en los últimos años ha emergido una oleada de personas que buscan aprender a hacer sus propias tiradas y a interpretarlas, no solo para sí mismas, sino también para quienes les rodean. Durante el primer año de la pandemia, las ventas de barajas de tarot se triplicaron a nivel mundial, según datos de U.S. Games Systems, principal distribuidor de estos mazos. En España, el fenómeno también experimentó un notable crecimiento, especialmente entre el público joven y debido a las plataformas digitales como Facebook o TikTok que se han llenado de lectores de cartas, lo que ha impulsado el mercado y ha aumentado de forma considerable las ventas de productos esotéricos.
A este auge se suma la tendencia de autoproducir barajas personalizadas. En los últimos años han surgido numerosos diseñadores que crean sus propios mazos con temáticas originales como los unicornios o la astrología contemporánea y que logran generar importantes beneficios económicos.
Plataformas de micro mecenazgo como Kickstarter han recaudado cerca de 21,7 millones de euros en la última década para financiar versiones modernas del tarot
Incluso instituciones académicas de prestigio, como la biblioteca del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), han comenzado a recopilar barajas creadas gracias a estas campañas de financiación colectiva. Su colección incluye ediciones con enfoques feministas, representaciones de distintas comunidades étnicas y propuestas vinculadas a la cultura queer, dando una reinterpretación contemporánea a una práctica ancestral.
¿Místico o engañoso?
Esta práctica que ha generado tanta controversia desde su primera llegada al mundo Occidental hasta hoy parece ser incapaz de ser descifrada por los expertos, quienes no se atreven a afirmar o negar la credibilidad del tarot, así como su capacidad para ser una herramienta positiva para aquellos que están en situaciones difíciles.
“En el peor momento de mi vida, aunque intenté buscar ayuda en psicólogos desde el principio, ninguno fue capaz de sacarme del hoyo en el que me encontraba. Es más, hoy en día, estudio la carrera de Psicología con el fin de poder resolver los problemas que a mí no me pudieron solucionar. Aunque mi experiencia con el tarot al final no fue muy buena, mi tarotista me ofreció una paz, conexión y entendimiento que otros expertos fueron incapaces de darme. Ella me animó a superar, entre otras cosas, mi miedo al coche, y gracias a su apoyo conseguí comenzar a conducir” dice la joven Ana que tras varios años envuelta en problemas ha sido capaz de encontrar la felicidad de nuevo.
El mérito me lo doy a mí misma, ya que yo era la única que podía ayudarme a avanzar, pero saber que hay alguien que consigue entenderte y conoce aspectos de tu vida muy personales sin necesidad de comentárselos, te facilita ver los problemas de otra manera
A pesar de testimonios como el de Ana, muchos especialistas coinciden en que la eficacia que algunas personas atribuyen al tarot no se debe tanto a una capacidad predictiva real como al efecto psicológico que produce el sentirse comprendido. Diversos estudios en el ámbito de la psicología han demostrado que el ser humano tiende a aceptar como propias afirmaciones vagas o generales si están formuladas de manera positiva o si apelan a emociones universales. Este fenómeno, conocido como efecto Forer, podría explicar por qué tantas personas sienten que una tirada de cartas acierta de lleno en sus pensamientos o preocupaciones.
En ese sentido, el tarot puede funcionar más como un espejo que como una bola de cristal: devuelve al consultante sus propias inquietudes revestidas de símbolos, metáforas y arquetipos. El poder de las cartas residiría entonces no en predecir el futuro, sino en ofrecer un espacio simbólico donde proyectar emociones, miedos y deseos.
Y con esas mismas sensaciones salí de aquella casa frente al río: llena de nuevas incertidumbres e ilusiones con las que no había venido. Con una palmadita en la espalda por parte de aquel hombre y acompañada de un “Tú sigue adelante, adelante” junto a la mejor de sus sonrisas, como si en aquellas palabras hubiese una dosis de información futura. Tal vez, nunca tengamos la respuesta certera sobre si estamos ante la mayor estafa de la historia, o si estamos ante el canal más divino hacia nuestro futuro y nosotros mismos. La respuesta depende de cada uno: tu crianza, tus ideas, decisiones y predisposición a creer o no creer. Lo que sí tengo claro es que dos veces he ido a que me lean las cartas, y las dos veces he obtenido respuestas idénticas. Como si estuviese escrito, como si estuviera dictaminado, como si no pudiese escapar de una realidad que está apalabrada para mí. No sé... Quizás el As de copas tenga la respuesta a todos mis problemas.
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EL TAROT: LA VIEJA MUSA DE LA MODA ¿Quién nos diría que acabaríamos agradeciéndole a una simple baraja de cartas el inicio de la carrera de Christian Dior como diseñador? Fue una tarotista, madame Delahaye, quien lo animó a abandonar su puesto en Lelong y apostar por su sueño. Y esa fascinación (o mejor dicho, esa superstición) por lo místico dejó huella desde los años cincuenta en la propia Maison Dior. El diseñador dedicó varias colecciones al Tarot, integrándolo como un elemento esencial en la identidad de la firma. Una visión que, ya en 2018, retomaría su directora creativa en aquel momento, Maria Grazia Chiuri, reviviendo ese vínculo entre la moda y lo esotérico. Incluso casas como Gucci han incorporado esta simbología, convertida casi en una estética más que en una práctica, en sus campañas publicitarias. También nombres menos conocidos, como el de la ilustradora Carmen Frontera, han encontrado en el tarot un terreno fértil para crear. Su serie Pussy Tarot Deck reivindica la figura de la mujer dentro de este universo, tomando como punto de partida el imaginario tradicional del tarot y fusionándolo con una estética underground que refuerza tanto su mensaje como su atmósfera. |
