lunes. 13.07.2026
ANTONIO MURILLO | PÁRROCO DE JESÚS DIVINO OBRERO

"Lo primero para lo que Dios nos ha mandado a esta vida es para ser feliz"

El sacerdote lleva 31 años en El Cerro, la zona más pobre de Córdoba, donde la parroquia se ha convertido en el último recurso para muchos vecinos
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ANTONIO MURILLO | PÁRROCO DE JESÚS DIVINO OBRERO. Foto: Raúl Alba

Diez minutos de espera en la puerta de la sacristía de la Parroquia Jesús Divino Obrero son suficientes para hacerse una idea de lo que es El Cerro, un barrio en la parte alta del Sector Sur, una de las zonas más pobres y con mayor tasa de delincuencia de la ciudad. Antes de que Antonio Murillo (Villanueva de Córdoba, 1950) pueda sentarse a hablar, tres hombres lo paran en la plaza. Uno necesita una manta porque la suya está llena de bichos, y para demostrarlo, se levanta la camisa y muestra el torso cubierto de ronchas de sarna. Otro pide para comer. Murillo los atiende a todos con calma y, al entrar a la sacristía, lo resume con naturalidad y con una sonrisa comprensiva en la cara: «Esto es el barrio». Treinta y un años en El Cerro le han enseñado a tomárselo así.
Llegó el 2 de octubre de 1994 con ganas. Su predecesor había sido su superior en el seminario y eso le hacía especial ilusión. «Yo venía a una parroquia donde había estado de párroco 13 años alguien que había intervenido mucho en mi formación sacerdotal», explica. «Era algo que me ilusionaba». Desde entonces no se ha marchado. Siempre con una sonrisa y con una palabra amable para quien se cruce en su camino.
Para quien no conoce la zona, Murillo la describe sin rodeos: «Es un lugar de gente muy buena, de gente muy sencilla, muy castigada por la droga, por el alcohol, por las nuevas esclavitudes de nuestra sociedad». Y añade un dato que lo dice todo: «Es la tercera zona más pobre de España».
Después de más de tres décadas allí, ve que algunas cosas han cambiado, pero otras no. «Hay mucha gente muy buena», reconoce, «pero la situación de pobreza se mantiene, desgraciadamente, y la de marginalidad también». La inseguridad, apunta, puede incluso estar creciendo: «Si a una situación precaria le vas sumando un decaimiento en los valores trascendentes y de los valores cristianos, la persona tiende a hacerse más egoísta y las relaciones humanas se vuelven más difíciles».

Parroquia de Jesús Divino Obrero, Córdoba. Foto: Raúl Alba
Parroquia de Jesús Divino Obrero, Córdoba. Foto: Raúl Alba


La parroquia es la última puerta que les queda. Cuando han llegado a todos los servicios sociales y no hay solución, vienen aquí


Lo que más le molesta es la etiqueta con la que carga el barrio. Murillo no trabaja en El Cerro, vive en él, y eso marca la diferencia. «Aquí hay mucha gente muy noble que está sufriendo las consecuencias de situaciones que no son las suyas», dice. «Tratar a todos por el mismo rasero, no hay derecho». Cuando se le pregunta por qué ocurre, responde con honestidad: «No lo sé. A lo mejor a los humanos nos resulta más fácil etiquetar que valorar caso por caso».
En cuanto a los momentos más duros responde que han sido varios y de distinto tipo. A nivel personal, recuerda una noche que no se le olvida. Eran las diez y alguien entró en su casa con una navaja. No estaba solo. Sus padres, ya ancianos, estaban allí. «Eso te conmociona», dice, «sobre todo cuando están tus padres mayores viviendo también esa situación». No entra en más detalles, pero el peso de aquella noche todavía se dibuja en su cara al contarlo.

Tenía cuatro hijos y los cuatro se le habían muerto de droga. El que se los mató llegó en un cochazo, se bajó a darle el pésame y ella lo abrazó. No tenía ni sillas en casa y lo perdonó de corazón


Pero si hay algo que le afecta más que el peligro propio, es el sufrimiento ajeno. Cuenta la historia de una señora que un día llegó a la sacristía vestida de negro para encargar la misa de novena de su hijo, el cuarto que perdía por la droga. Esa misma mañana, mientras barría la casa, un coche se paró delante de su puerta. El hombre que le había vendido la droga a su hijo se acercó y le dio el pésame. La mujer lo abrazó y lo perdonó. Cuando Murillo le preguntó si lo había perdonado de verdad, de corazón, ella le dijo que sí. Lo que contó después explica por qué: ese hombre, además de haberle quitado a sus hijos, la había dejado sin nada en casa. «No tenía ni una silla donde sentarse», cuenta el sacerdote. Y, aun así, lo perdonó. «Qué fuerte y qué difícil», repite, todavía impresionado.
También va a la cárcel con cierta frecuencia, donde ha visto cosas que no se olvidan fácilmente. Una de las que más le ha marcado es la de una madre que se declaró culpable siendo inocente para que su hijo no entrara en prisión. Mujeres mayores que asumen una condena que no les corresponde porque su hijo tiene pareja e hijos pequeños y ellas, como dicen, ya tienen la vida hecha. «Eso te duele muchísimo», dice Murillo. Son historias que no aparecen en ningún sitio pero que él conoce de primera mano, de visita en visita, semana tras semana.
Con los jóvenes del barrio no es ni optimista ni pesimista. «El que quiere tiene buen futuro», dice, «porque los colegios están bien dotados y hay plazas para que todo el mundo estudie». «El problema es que muchos chicos con nueve años ya tienen expediente en menores, y con trece les ofrecen una moto y dinero fácil a cambio de vender droga.» «¿Qué culpa tienen?», se pregunta. «No se puede competir con eso».
Y salir, dice, siempre ha sido difícil. «Era complicado antes y es complicado ahora». Los jóvenes de hoy, apunta, al menos conocen las consecuencias porque las han visto en sus familias. Aunque eso tampoco garantiza nada.
La parroquia intenta ser un apoyo en todo esto: sacramentos, grupos de voluntariado, visitas a mayores y enfermos, reparto de alimentos a través de Cáritas. «Aquí nunca se puede hacer nada sin voluntariado», subraya. «Esta parroquia, igual que el mismo pobre, no tendría razón de ser sin ellos».
Hay una parte de la vida de Murillo que sorprende: desde el año 2000 viaja cada verano a Perú, y además da clase por internet a seminaristas de Cajamarca dos días a la semana. En Perú, dice, todo es distinto. «Aquí tienes que buscar a la gente para que venga a la iglesia. Allí viene la gente a buscarte». Y la pobreza también es otra clase de pobreza. «Aquí la gente no se muere de hambre. Allí sí».
Lo que vivió una mañana a orillas de un río lo ilustra bien. Una niña de siete años fue a buscarlo. Le dijo que su madre estaba cerca con su hermanita de nueve meses. Cuando llegó, encontró a una mujer de 29 años que llevaba tres días sin comer. Tenía en la mano una botellita de Coca-Cola y unas pastillas de raticida. Había preparado un vasito de plástico. El plan era dárselo a la niña, tomarlo ella y acabar con todo. «La convencí como pude», dice Murillo, «y hoy viven». No lo dice con orgullo, lo dice como quien constata un hecho. Y añade que no ha quitado el hambre del mundo, pero sí ha podido con casos como ese, uno a uno, gracias a la gente que colabora con él cuando viaja. «Cuando sabes que hay personas que están vivas por esa ayuda, eso es muy importante», explica con emoción.
«Llegué y encontré a una mujer de 29 años con raticida preparado en un vasito de plástico para ella y sus dos hijas. Llevaban tres días sin comer. La convencí como pude y hoy viven»
Esa conexión con Perú también le dejó una anécdota inesperada. Entre los seminaristas a los que impartía clase había algunos que luego fueron a formarse al seminario de Chiclayo, diócesis vecina. En ese lugar coincidieron con su obispo, Robert Prevost, con quien Murillo llegó a tratar muy de cerca. «Es un hombre muy cercano, muy sencillo», dice. «Llegaba, miraba la olla de la comida, y decía: "Bueno, hoy aquí no hay nada más que arroz, vámonos a comer al restaurante." Si había suficiente, nos quedábamos a comer con todos». Un día, en clase, Murillo les dijo a sus seminaristas que aquel obispo sería el próximo papa. Dos años después, cuando León XIV fue elegido sucesor de Francisco, los seminaristas lo llamaron. «Me dijeron: lo que usted nos dijo hace dos años se cumplió hoy».

Les dije a mis seminaristas que Prevost sería el próximo papa


Después de tanto tiempo en El Cerro, el barrio también lo ha cambiado a él. «Me ha cambiado todo», reconoce. «La salud, la mentalidad, la manera de ver a los pobres». Cuando llegó tenía una visión muy idealizada. Ahora es más realista. «Los pobres también son pecadores, como todos nosotros. Hay pobres con un testimonio de vida increíble, pero ojo, también son pecadores».
Y pese a todo, dice que no se frustra. Le gustaría que todo fuera mejor, que los jóvenes tuvieran más fe, que las familias estuvieran más unidas. «Me encantaría que esto fuera un paraíso», admite, «pero también me encantaría ser santo, y ni yo soy santo ni esto es un paraíso», responde entre carcajadas. Se queda tranquilo con eso.
Le preguntamos al final qué le ha enseñado el barrio en una sola idea. Tarda un momento. «Son tantas cosas», dice. «Pero me ha enseñado a ver lo buena que es la vida, lo bueno que es el ser humano y lo bueno que es el corazón del hombre. Y, por supuesto, lo bueno que es Dios».